Cómo manejar los miedos infantiles. Belén Pozo Muñoz

Los miedos infantiles forman parte del desarrollo, la existencia de los mismos forman parte de la evolución.
El miedo es una emoción adaptativa que nos hace anticipar que se acerca el peligro para poder tener una respuesta ante él. El problema viene cuando percibimos peligros donde no los hay, las reacciones ante el posible peligro son desproporcionadas o el miedo evolutivo se prolonga en el tiempo. Todo ello nos lleva a tener una respuesta más limitada hacía los acontecimientos y por lo tanto menos adaptativa al entorno.

El contenido de los miedos evolutivos dependerá de la edad del niño.

  • Cuando los niños son bebés, se calcula que a partir de los 6 meses, ya aparecen los primeros miedos. Suele aparecen el miedo a los extraños y a las alturas, entre otros. Estos miedos vienen programados genéticamente y ayudan a garantizar la supervivencia del bebé.
  • De los dos años y medio hasta los seis aproximadamente, todavía los niños no son capaces de distinguir la realidad de la fantasía. Es por esto que se apasionan con las películas de dibujos o los cuentos que les cuentan, pero a la vez se facilita que se generen miedos a personajes imaginarios como pueden ser los monstruos o distintos personajes irreales que aparecen en los dibujos o en los cuentos.
  • A partir de los seis años, los niños serán capaces de diferenciar entre el mundo real e imaginario, por lo que desarrollarán otro tipo de miedos como por ejemplo, a la muerte o a las enfermedades y cada vez con más frecuencia, se está observando niños con miedo a la separación de sus padres.

Los adultos tenemos un papel fundamental en la creación y mantenimiento de los diferentes miedos. Está comprobado, que los miedos que tienen los padres, tienen mucha probabilidad de transmitirse a los hijos. Es por esto que debemos intentar no mostrar nuestros temores delante de ellos, si queremos evitar que los adquieran.

En los miedos es fundamental que en la educación que impartamos a nuestros hijos, fomentemos la autonomía para garantizar que se desarrolle la seguridad del niño en sí mismo y evitar que surjan un mayor número de miedos. Debemos dejar cierta libertad al niño, desde que es pequeño, para que explore su entorno de manera independiente, sin que la madre o el padre esté sobreprotegiéndole.

En ocasiones los padres ante un miedo de su hijo optan por hacerles que lo afronten de manera brusca. Esta estrategia de acción puede ser contraproducente ya que no disponen de mecanismos para afrontarlo. En estos casos, debemos dar pequeños pasos, hasta que el niño pueda vencer el miedo de manera más natural. Por ejemplo, si el niño tiene miedo a la oscuridad, podemos empezar a jugar con él a juegos de encontrar algún objeto en una habitación semi-oscura, primero con nosotros y luego dejando al niño solo, hasta que se vaya habituando y podamos ir aumentando la oscuridad y así ir generalizándolo a otros ambientes, siempre dándole seguridad y animándole a que puede conseguirlo.

En edades en las que la imaginación está en auge es recomendable evitar que vea películas que le puedan asustar y que hagan que aumenten sus miedos así como pesadillas.

Por último, es recomendable, vivir la situación temida por el niño con naturalidad, para que el niño no perciba que sus padres están asustados o preocupados, sino que están seguros y que tienen un apoyo.

Si los miedos persisten o están muy generalizados, es recomendable pedir ayuda a un profesional, ya que detrás de un miedo mantenido puede haber otros problemas o dificultades, y es el miedo el modo de expresión de los mismos. El manejo del miedo no solucionará el problema.

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