Las nuevas tecnologías y la frustración. Carolina Deleito

“La adversidad depende menos de los males que sufrimos, que de la imaginación con que los padecemos.” François Fénelon. 

Los avances en la tecnología nos ayudan y nos resuelven muchos problemas de manera inmediata. Si tenemos una duda sobre algo, basta con un “click” en Google para que nos la resuelva; si queremos hablar con alguien, nos basta con hacer “click” en su contacto para poder entablar una conversación, esté en nuestra misma ciudad o en la otra punta del mundo; podemos ver películas u oír canciones haciendo “click” en su enlace sin que nos tengamos que gastar un céntimo o salir de casa…

Somos una sociedad acostumbrada a tener todo lo que queremos “aquí y ahora” y sin apenas esfuerzo, y eso tiene multitud de ventajas, pero a nivel psicológico también tiene multitud de inconvenientes. Uno de los principales inconvenientes es que el ser humano no desarrolla de manera adecuada algo tan importante como es la tolerancia a la frustración, la tolerancia a aceptar que no siempre nos van a salir las cosas cómo y cuándo queremos.

Cuando nos ocurre algo que no está en nuestros planes y que no nos gusta, como un atasco con el que no contábamos que nos hace llegar tarde, no encontrar aparcamiento rápido, una mala contestación inesperada de nuestro jefe o de alguien querido, no conseguir gustar a alguien al que tú quieres gustar, que se rompa una relación que tú querías continuar, ser despedido del trabajo por “recortes”, no encontrar trabajo después de años haciendo una carrera y un máster… cada vez nos enfadamos y nos frustramos de manera más desproporcionada porque nos estamos acostumbrando a tener el control, a conseguir todo lo que queremos con un “click”, sin esfuerzo, y por ello cada vez sabemos manejar menos las emociones tan intensas que aparecen y que nos pueden llegar incluso a bloquear.

En muchas ocasiones, la intolerancia a la frustración por no haber conseguido lo que queríamos aparece en forma de tristeza y no entendemos qué nos pasa o por qué estamos así, y al no identificar que la causa es la frustración, no sabemos qué hacer o cómo aliviarla; en otros casos, esta intolerancia desproporcionada a la frustración nos puede llevar a que aparezcan depresiones, ataques de ansiedad, ataques de pánico, estallidos de ira descontrolados…

A tolerar la frustración se aprende cuando somos niños: frustrándonos al perder en los juegos de mesa, cuando nuestro hermano o primo nos pega y no podemos defendernos porque es más fuerte que nosotros y siempre nos gana, cuando el equipo de fútbol en el que jugamos pierde y nuestro padre nos dice que hemos jugado bien pero que a veces eso no es suficiente (y no cuando dice que la culpa es del árbitro); cuando nuestra mascota se muere y no es rápidamente reemplazada por otra, al tener que buscar una palabra en el diccionario “tardando horas” y no en un segundo en el ordenador que hasta nos corrige cómo se escribe, cuando tus padres te castigan sin ir a la fiesta más importante del curso porque has suspendido dos; cuando no te compran las deportivas último modelo que lleva la gente guay en el cole, cuando la única explicación que recibías al preguntar “por qué” era el tan odiado Porque lo digo yo y no hay más que hablar”…

Estas situaciones en la infancia son las que nos enseñan a tolerar la frustración durante el resto de nuestra vida, a ser capaces de ir afrontando cada vez situaciones más frustrantes como suspender un examen para el que había estudiado mucho, que mis padres no me dejen salir hasta la hora que yo quiera, perder a un juego contra mis amigos, que una pareja me deje cuando estoy muy enamorado, que los amigos no siempre están ahí cuando yo quiero o los necesito, tener que trabajar de algo que no me gusta, que mi equipo no gane un partido (o varios), que mi pareja trabaje demasiado y no esté mucho en casa, que mi historia amorosa no sea como pensaba que sería, que mi relación con mis padres se vuelva complicada, la muerte antes de tiempo de un ser querido, o llevar una vida que no era la que esperaba o con la que soñaba.

Ahora los niños se están acostumbrando a tenerlo todo YA, aquí y ahora, cuando quiero, y eso hace que acudan a consulta niños incluso de 3 años que no soportan perder a un juego de mesa contra sus padres enfadándose, gritándoles, llorando o pegándoles, y si un niño tan pequeño ya no soporta perder a un simple juego de mesa, qué no le pasará cuando tenga que afrontar las frustraciones que la vida le irá presentando. Pero esto que les está empezando a ocurrir a los niños, también nos está empezando a ocurrir a los adultos, cada vez nos es más difícil aceptar que las cosas no sean como queramos y nos enfadamos, gritamos, lloramos e incluso a veces pegamos, como si fuéramos niños.

Saber tolerar la frustración que nos produce una situación no significa no poder estar triste o enfadado cuando no se consiga algo o no salgan las cosas como uno quiere, no significa resignarse a las cosas que te suceden sin hacer nada. Significa ser capaz de enfrentarnos a situaciones que no nos gustan, manejar el torbellino de emociones que aparecen, intentar buscar otra forma de conseguir tu objetivo si es posible, y si no lo es, aceptar que la vida es así: que unas veces se gana, y otras se pierde.

 

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