¿SIRVEN DE ALGO LOS CASTIGOS? Aida Mañero Ocarranza

A menudo es frecuente encontrar en consulta padres y madres que llegan desesperados puesto que no saben qué hacer con sus hijos, comentan que únicamente logran encadenar una discusión tras otra con ellos, incrementar el repertorio de castigos posibles… todo lo cual repercute en el día a día de todos haciendo que la educación de los hijos, así como la convivencia y la relación con los mismos llegue a convertirse en algo realmente insoportable y de difícil abordaje. Estos padres llegan pensando en ocasiones que su hijo realmente no tiene remedio y sin saber qué más hacer ya que el niño ha sido sometido a todo tipo de castigos y no cambia de ninguna forma. Esta situación a su vez genera en los propios padres una sensación de frustración, impotencia, culpa y desesperación que les dificulta continuar con su ejercicio de paternidad. Por su parte, los hijos llegan a considerar que sus padres s únicamente le castigan, le regañan y le dicen lo malo que hace. Con esto la relación padres/madres – hijos se resiente debido a las tiranteces producidas por las discusiones y a la imagen que se han ido creando unos de otros.

 Así, se observa que el administrar un castigo no es tan fácil, en ocasiones no es tan efectivo como en un principio parece y que, a la larga, puede llegar a repercutir seriamente en la relación paterno-filial, si únicamente se hace uso del mismo sin emplear otros medios.

 En concreto, algunos de los errores que se cometen con más frecuencia a la hora de castigar a un hijo, son entre otros:

 –        Castigar al niño sin que éste sepa porqué, con lo que el niño no sabrá qué es lo que ha hecho mal y qué es lo que no debe volver a repetir.

–        Consumar el castigo pasado bastante tiempo después de que tuvo lugar la conducta a eliminar, esto es, llevar a cabo el castigo sin inmediatez con lo cual disminuye la probabilidad de que el niño asocie la conducta inadecuada con el castigo en sí.

–        Realizar el castigo unas veces sí y otras no ante la aparición de un mismo comportamiento inadecuado.

–        No ofrecer al niño una conducta alternativa adecuada a esa que no debe hacer.

 Aun teniendo en cuenta todo esto, y a pesar de administrar un castigo de forma correcta, es necesario tener siempre en cuenta los efectos adversos que igualmente tiene, a saber:

 –        Efecto poco duradero, es decir, el resultado momentáneo que se obtiene con el castigo no suele perdurar en el tiempo.

–        Debido a ese efecto poco duradero, la tendencia es incrementar la magnitud y frecuencia del castigo con la intención de que el mismo haga efecto.

–        A medida que se incrementa la magnitud y frecuencia de los castigos se va produciendo un deterioro de la relación padres/madres – hijos. Como se ha mencionado anteriormente, el uso de castigos exclusivamente, sin la combinación con el refuerzo positivo de conductas adecuadas, tiende a desgastar la relación entre los padres y el progenitor generando aun más trifulcas y discusiones.

 Así pues, y teniendo en cuenta todo lo expuesto hasta aquí, lo conveniente sería el refuerzo positivo (atender, felicitar y premiar) de conductas adecuadas junto con la extinción (ignorar completamente) de aquellas conductas que no se desea que vuelvan a aparecer. No obstante, y puesto que hay ocasiones en las que es complicado no castigar al niño como consecuencia de su actuación, hay ocasiones en las que se considera más recomendable el empleo de consecuencias relacionadas con el comportamiento realizado en lugar de castigos (siempre unido a la oferta por parte de los padres de un comportamiento alternativo) como es el caso de una conducta que entrañe peligro para el niño o para otros, por ejemplo, jugar con un cuchillo.

 

 

 

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